A veces siento la urgencia terrible y horrorosa de correr, de sacar a mi cuerpo del letargo. Deseo atrozmente que mis piernas se conviertan en un artefacto infatigable, irrompible; deseo devorar las calles y que nadie sea capaz de verme. No, no quiero ver a nadie, la mirada humana me aterra, me subyuga, hace que quiera enroscarme como un ciempiés y volver a la tierra, taparme los oídos y dejar que me consuman las bestias. A veces también, quisiera reunirlos a todos en algún lugar, donde sea. Reunirlos a todos y decirles claramente, uno a uno, de mi propia boca: por favor permítanme morir. Respeto tanto vuestro deseo de vivir, pero por favor permítanme morir. Son la única razón por la que estoy aquí y me estoy quemando, me estoy rompiendo. Mis tendones están cediendo, la carne se me desprende a pedazos. Nadie puede ver eso, sólo yo soy testigo de la podredumbre. Estoy enferma. No del cuerpo, no. Mi mente habita en las calles, en la suciedad, en el hambre, en el dolor. Nunca he sido capaz de ponerla dentro de mi cuerpo y cada vez estoy peor, más ajena, más dolorosa.
Habito en la nada y aquello no es un invento reciente: jamás he conocido otro lugar.

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