Nuestro primer gatito se llamó Tomás. Era un espléndido gato rubio, grande y fortachón, pero cuando llegó era una cosita flacucha, pulgosa y enferma, llena de lagañas. Mi hermana mayor lo cuidó y gracias a ella recuperó su salud. Nunca visitó un veterinario. No recuerdo nada de cuando era cachorro, yo debía tener como 5 ó 6 años, pero recuerdo cómo era tomarlo, su peso, y cómo jugaba por nuestra casa. Era un gato grande, que nunca fue castrado, y muy amoroso. Poco después de traerlo a él llegó Michel. No recuerdo bien cómo fue, pero creo que mi amiga Michelle tuvo algo que ver, porque se llama parecido. Tomás fue un nombre elegido en honor a Tomás O'malley de los Aristogatos. Ambos eran muy juguetones y tiernos. En esa época todavía no me permitían tener gatos dentro de la casa ni dormir con ellos, pero podían estar ahí de día. Tomás era capaz de saltar y encender o apagar la luz, y también de abrir la puerta, que era sumamente pesada. Era realmente un gran gato. Ambos murieron envenenados.
En esa época yo ya estaba yendo al internado, donde dormía de domingo a jueves. Los viernes salíamos a la una y media y nos iban a buscar con nuestras maletas para volver a la casa, que estaba bastante lejos de ahí. Mi mamá nos fue a buscar, era un viernes soleado y lindo, y nos dijo que Tomás estaba agonizando, que lo habían envenenado. Ese viaje en micro se me hizo eterno, sólo quería vomitar. Recuerdo que estábamos sentadas al final de la micro y recuerdo mirar el piso de metal, queriendo que la 244 se teletransportara a la casa. Cuando llegamos ya había fallecido. Estaba tirado en el patio y una pequeña poza de pipí había emanado de él. No alcancé a despedirme. Cada domingo, cuando teníamos que irnos al internado, yo imaginaba que él y Michel acompañaban el recorrido de la micro saltando a mi lado. Los extrañaba horriblemente mientras no estaba en la casa, y perderlos era de mis mayores miedos. Yo debía tener unos 7 años, así que era el año 1999 o cerca. Fue en noviembre, cerca de mi primera comunión. El 29 de diciembre del 2000 falleció Michel. A diferencia de lo que pasó con Tomás, estábamos en la casa porque ya había terminado el año escolar. Nos despertó el ruido de su cuerpo azotándose bajo la cama por las convulsiones. Nunca olvidaré su mirada de dolor. Nunca no me va a doler no haber podido hacer nada por él. Incluso ahora lloro escribiendo esto. Cuando vives en la periferia el dolor y la crueldad son algo común. Alguien va a envenenar a tu gato porque así es alguna gente. Alguien va a perder todo en un incendio porque esas cosas pasan. Alguien va a morir atropellado o de un balazo porque así es la vida. A todos nos ha mordido un perro, todos han perdido alguna mascota por un perro o un vecino loco, son cosas que pasan.
Ambos fueron enterrados en nuestro patio, pero no me dejaron ponerles lápidas. Lo que más lamenté al irme de esa casa, al venderla y irnos para siempre, fueron todos mis niños que quedaron ahí. Extraño mi naranjo y extraño el jardín.
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