por primera vez en mi vida vi a una niña chica en la calle y no sentí envidia de su vida. Era una niña muy normal, en uniforme, con lonchera y todo conversando animadamente con su mami, así como igual lo debía hacer yo a mi edad mientras mi mami no me pescaba así como la suya no la pescaba a ella. Y no era que me diera pena la escena, que resultaba de lo más cotidiana, sino que en el momento en el que pasó por mi mente el sentimiento de nostalgia hacia aquella infancia no pude evitar sentir el peso de mi pasado, que es muy corto, un pasado de sólo 23 años y que sin embargo ha requerido tanto esfuerzo, tantísimo esfuerzo y lágrimas, tanto sufrimiento que no me puedo creer que esto sea simplemente el peso de una vida diaria común y corriente, y eso es lo que es ni más ni menos.
De alguna manera me dí cuenta de lo cortos que fueron esos años y de lo larga que -quizás- será mi vida, y de sólo pensar en tener que rehacer los humillantes y pastosos años de mi adolescencia me dieron unos escalofríos que me apresuraron a adentrarme en el confuso y enorme mundo de la adultez, de la cual aún no sabía que resultaría ser una infancia increíblemente larga, tediosa e incomprensible.

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