sentía que cada día era inevitablemente similar a lanzarme a las llamas, no hacía más que sentir el dolor y el temor. Aquellas son heridas terriblemente difíciles de cerrar y aún haciendo de cuenta que lograra recuperar mi forma humana hacia la noche, me veía ineludiblemente envuelta nuevamente en el fuego, día a día, destruyendo los tejidos que tanto me costaba curar.
La vida me producía náuseas y un dolor lascerante, similar al de una contusión potente cerca del estómago. Era como si mi cuerpo, harto de ese trato, no hiciera más que tratar de destruirse reiterada y violentamente, tratando de librarse de la ''vorágine''. Pero eso a lo que a mi mente, 'mi otra voz', llamaba vorágine era simplemente la vida diaria. Esto era la sociedad humana, el único entramado por el que podía existir, y aún así cosas tan nimias como sonreír cada día me agotaba, entablar conversaciones simples, coexistir, estar inmersa en el mundo humano me estaba mermando a tal punto que sentí que no podía mantener por mucho más tiempo mi cordura, haciendo de caso que aún la tuviera.
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